Sección Literaria | sanarate.com

Venganza Fatal
Autor: César Jiménez
( 2do. lugar en Prosa, Primeros Juegos
Florales "Alba Barrios Archila" Sanarate, Noviembre de 1987.)



Nacho,
ya parecía palo viejo sembrado en el vientre moreno de la tierra. Tenía varios días de acechar por el mismo punto a Josefa Campos, mujer aldeana. Toda la escultura de su cuerpo era una hermosísima estatua codiciada por todo aquel que sabiendo del arte, lo anonada las formas de la estética.

Era un árbol que a su edad, movía con el viento enamorado de su juventud el fruto apetecido. Era en total una criatura nacida con la influencia de Eros.

Nacho,
andaba algo desequilibrado. No le encontraba postura a sus pensamientos porque el cuerpo de la Josefa se erigía como manecillas de reloj en el centro de la mente. Ya le había ensartado en la cabeza la idea indómita de poseerla completita. ¡Sí, hasta con todo y cáscara! Para el Día de la Cruz en la pachanga que hubo en la aldea, la apretujó dócilmente al pecho acariciando el universo de su cuerpo que votaba calentura, como los escasos instrumentos votaban al unísono de la enramada, un manjar musicall hecho de renuentes melodías. Desde entonces, Nacho, tenía templada el alma. Todas las veces que fuera invitado a disfrutar del néctar del amor, allá, abajo de los mangales a la ribera del río, era burlada su dignidad de hombre, evaporándose en suspiros ardientes las ganas de macho."¡Esa chingada... ni por joder se asoma!"

El día
terminaba su andar y con misterioso galopar se inicia la danza morena de la noche. El cóncavo ojo de la luna tira su mirada plateada y los árboles se proyectan en sombras que como negros fantasmas bailan en diversas formas.

En el laberinto del camino cabalga de retorno una silueta triste, mirando el lomo del suelo, machucando la geometría de sus mismas huellas. --"Pero... nomás caiga, me la guártar todita, para que se le quite la maña de andarme calentado--." Las maldiciones del hombre, íbanse quedando amontonadas junto a las piedras en la oquedad de la tierra.

La noche,
Como que fuera vampiro huye sigilosamente al atisbar la punta de los cabellos relucientes del día. Pronto, lluvia de luz cubre la exuberancia terrenal de la aldea. La vida, muchacha coquetona abre los ojos de los mortales. El calendario marca domingo. ¡Día de plaza! A ocho kilómetros: El pueblo. Punto convergente donde acudía la compraventa de productos. Aprovechando las horas frescas de la mañana, ropa medio desarrugada, por los caminos estrechos los aldeanos, poco a poco, van dejando el rancho hasta extinguirse en el fondo nebuloso de la distancia.

Entre tantos caminantes, se luce un cuerpo de poca complexión, recto como vara de maicillo, machete al cinto, coronando su cabeza con sombrero de petate, era: NACHO SALVATIERRA. Hombre crecido al compás de los inviernos y alimentado con la fuerza de sus propias manos: ¡El producto de su trabajo! no tenía tanto, porque lo que le prodigaba el pedazo de tierra lo derrochaba en las cantinas, disfrutando con euforia el néctar de su juventud campera. Era enamorado, bueno y hasta cariñoso. Respetaba, mientras la paciencia no le reventara. Sin miedo a nadie ni a nada. Defendía la dignidad de hombre honrado, no le gustaba el abuso ni el ultraje. Tantas cualidades lo hacían distinguible en la aldea sin complejos, pero alejado de los inventos de la ciencia.

Los mayas empujaban el calendario y... las horas; los meses, se encaramaron en el carrusel del tiempo.

Nacho,
había logrado su cometido. Una tarde silente, bajó de la aldea a los mangales; una rosa, a buscar la lluvia ardiente para caer fresca y pura en los sofocantes y lujuriosos brazos del hombre que amaba. Quince primaveras en un sorbo de amor quemaron la tierra, que socaba a materia de la ternura. Entregas consecuentes. Nadie detenía la marea que conduce el desahogo. La redundancia en el lenguaje del amor, poco le importaba leyes gramaticales.

--Ya tedicho quel José... mianda chuliando.
--No le hagás caso... ¡ombre!
--Hay dice que me va ajurziar si no liago caso...
--No tengás pena... ¡ombre!
--Entonces tespero onde mismo.
--¡Sí, ombre!

Con abrazo del tamaño del cielo sellan el compromiso y deciden unir los linderos de sus labios con ligeros besos.

Nacho,
cavilaba y cavilaba. El cerebro le carcomía pensando sobre las quejas de la Josefa. La amaba más que a su vida y le dolía en todo el perímetro del corazón que la molestara cualquier chingado. Se sentía muy hombre, no le cabía la felicidad en el pecho al saber que pronto sería padre. Se habían formado varias discusiones de hombre a hombre por el amor de la Josefa, que pertenecía en cuerpo y alma a uno solo, según la ley de la vieja querencia. --¡Tené cuidado voz José, porque te puede... llevar el diablo!

El José
no decía nada, se tragaba la saliva con síntomas de rabia por no desatar el nudo que amarra la cólera en el mero centro del corazón.

Supo todo. Lo del casorio y pronto sería madre. Guardando sus malas intenciones adelantó sus pasos un kilómetro arriba del cruce del camino, donde sabía se juntaban.

La tarde se ponía claroscura y friolenta. Un aire empezó a mover los árboles y el río arrastra todo su cuerpo. En ese pedazo geográfico del mundo, el hombre acecha saturado de malévolos instintos. El ancla desesperada y estira los minutos: nerviosísimo. Por el camino una mujer acelera sus pasos y los pájaros huyen. La vestimenta de la mujer imprime su colorido en el manto de la tarde. ¡De repente...! se abre la guarida, tiemblan chiribiscos y el hombre bruscamente intercepta el paso del caminante:

--"¡Quieeeta... Josefa!" ¡Ahora sivas hacer mía... rejodida!
--¡No, noooo... José! ya tedicho que no puedo ser tuya.

La mujer temblaba de miedo y contaminaba la tierra y contaminaba el ambiente de espanto. Corrió, más bien quiso correr. Gritó, mas bien quiso gritar. El hombre saltó como garañón. Vino la lucha. La mujer se defendía inútilmente. Por fin, su cuerpo emulaba a Eva en el edén. La bestia exacerbada actúa incontinenti. No le importaba que en el vientre de su víctima una criatura añora conocer el mundo de los hombres. El cuerpo se puso laxo y cayó. El garañón con violencia ensarta sus piernas en las piernas que soban la tierra.

Tensión. Fuerza. Ansias. Sofocamiento. Solor. Sangre. Vida. Muerte. ¡Satisfacción! El hombre repletó su ambición y asegurándose el pantalón, como cascabel se desliza por la pendiente del río.

Nacho,
Allá, en el cruce del camino, parecía palo viejo sembrado en el vientre moreno de la tierra. --¿Por qué tardará tanto?-- se decía. Un presentimiento lo inquieta, activa sus patas para ayudarle con un pedazo de camino. Pronto llegó al punto del paradero y la escena sangraba desgracias. Los ojos del enamorado se dilataron y pensaban atravesar su jurisdicción. La retenía en sus brazos media viva. La mujer gesticulaba y quedamente fue dando la confesión: --¡Te lo juro por mi madre! ¡Por Dios... que te lo juro!

Habían pasado dos meses que Nacho estuvo a punto de matarse. Una herida le sangraba el corazón paulatinamente y un juramento lo mantería deambulando.

Mañana con tizones encendidos.

Nacho,
Agarró su machete y confirmó su filo. Caminaba angustiado sobando el lomo del suelo hasta esquivarse rápidamente entre unos matorrales. Los aldeanos pasan rumbo al pueblo. Después de varias horas, un hombre camina solo, cargando fatal destino. La fiera sale e intercepta el paso del caminante.

Te lo había dicho... desgraciado!

En lo alto de una mano blandía el machete derramado pencazos de venganza. Siete puñetazos de acero fueron suficientes. Cadena de quejidos quedaron prendidos en las ramas de los árboles. Población de sangre abandona su morada y por última vez izan su bandera roja.

En medio del camino, donde la Josefa perdió su criatura brutalmente, el cuerpo de José había perdido continuidad en toda su estructura.




Autor: César Jiménez
2do. Lugar en Prosa
Primeros Juegos Florales "Alba Barrios Archila"
Sanarate, Nov. de 1987.

( Fuente: Revista "100 Años de la Feria Titular de Sanarate, Nov., 1988." )



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