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El Diario de Don Tin
Autor: Rolando Herrera Gudiel
( Revista de la Feria Titular de Sanarate, Noviembre de 1985.)


— Buenos días, Juanito —
— Buenos días don Tin ¿Qué tal amaneció? —

Los dos campesinos se saludaron con bastante educación al encontrarse frente a frente por el estrecho camino, cuyos cercos estaban pobladísimos de piñuelas. Luego, don Tin siguió su rumbo con pasos lentos, porque la reuma de su pierna derecha le molestaba siempre que había luna tierna. Su caminar era interrumpido de vez en cuando por algún par de lagartijas que con singular regocijo atravesaban el camino levantando una tenue nube de polvo y provocando un sobresalto al campesino.

          Don Tin, con su sombrero de petate, su machete en la diestra y su matate donde llevaba su bastimento colgando de su hombro izquierdo, era ya una figura clásica en aquel camino de tierra, porque tenía muchos años de hacer el recorrido diario de su casa a su terreno, al rastrojo como decía él. A pesar de ser muy de mañana, ya se hacía sentir el calor típico del mes de abril y la mayoría de los potreros estaban recién rozados, sólo unos pocos terrenos estaban arados, esperando la llegada del invierno.

          Mientras caminaba, don Tin contemplaba detenidamente los cambios que ocurrían en la región. Veía con mucha tristeza cómo iban desapareciendo las casas de adobe y teja, de las cuales muchas las había construído él, pues en sus buenos tiempos dedicó parte de su vida a la albañilería. Ahora don Tin recordaba con nostalgia la forma en que fabricaba el adobe: mezclaba el barro con tierra blanca, paja seca y agua, y mientras revolvía estos elementos, escupía de vez en cuando el lodo; la saliva era muy importante en el adobe, según la tradición, porque simbolizaba el sudor y la fortaleza del hombre honrado. Pero ahora la mayoría de la gente construía con otros materiales y el adobe iba desapareciendo poco a poco. Don Tin conocía la región como la misma palma de su mano, porque aquí había nacido y desarrollado toda su existencia y jamás se acostumbraría a otra clase de vida. Tenía tres hijos, pero ya todos ellos eran hombres y vivían en lugares distintos, o sea que en la casa ya no quedaba ninguno de ellos y don Tin vivía sólo con su mujer.

          Llegó a su lugar de trabajo. Sacó sus instrumentos de labranza de un ranchito de palma con horcones de guayacán que había construido hacía veinte años, para protegerse de los aguaceros en el invierno y también para guardar sus herramientas. El ranchito era bastante amplio y en su interior mostraba un manojo de mazorcas deshojadas, amarradas entre sí con las tusas entrelazadas colgando de una viga. Había también una docena de tecomates arrinconados en una esquina; una hamaca de pita amarrada en sus extremos con dos fuertes lazos, terminaba de dar un ambiente de paz y quietud a la humilde guarida. El terreno era de medianas proporciones y sus límites estaban marcados con árboles de piñon, palo jiote y madre cacao. Los mangales estaban sobrecargados de flores y decían los viejos que se aproximaba un buen invierno. En el aguacatal la fruta empezaba a sazonar y a dar punto.

          Don Tin inició sus labores; aquel día se había propuesto preparar algunos arriates. Se puso de cuclillas y al adoptar esta posición, hizo un gesto de dolor, pues a los sesenta y dos años de edad, su cuerpo ya no era tan ágil y flexible como en sus lejanos buenos tiempos. Mientras revolvía la tierra, una parvada de zanates revoloteaba en sus alrededores. El sol empezaba a elevarse y el cielo mostraba un aspecto muy especial, pues había una especie de bruma o niebla muy leve; ésto se formaba como consecuencia de las rozas propias de la época y esas nubes o cortinas de humo, desaparecían hasta que caían las primeras lluvias. A estas primeras lluvias los viejos las llamaban "el agua de los mangos".

          El Calor se hacía mas intenso a cada momento y don Tin constantemente se daba fuertes palmadas en los brazos para defenderse de los mosquitos, que se le iban encima por montones, mientras que las chicharras con su canto tan peculiar llamaban el agua para las siembras; y mas allá, casi en el límite del terreno, el aire mecía suavemente un nido de chorchas que colgaba de un cocal. Este era el habitat de don Tin. Aquí no existía el clima fresco del altiplano, tampoco existía la abundante fauna del Petén, ni la exhuberante vegetación de las Verapaces, pero para don Tin ésto era su verdadero paraíso, y no lo cambiaría por nada. Aquí pasaba la mayor parte del día y regresaba a su casa al atardecer. Por las noches se reunía con otros campesinos en la banqueta de la tienda de don Juan.

          Los últimos inviernos habían sido malos y el agua escaseaba, al extremo que en el zanjón las corrientes de agua ya no eran mas que pequeños suampos y los campesinos se veían obligados a perforar pozos para proveer de agua a las siembras. Sin embargo, don Tin a lo largo de su vida estaba acostumbrado a enfrentarse a la adversidad y ya no temía a los tiempos difíciles. Además, sabía perfectamente que Dios ayudaba a los que obraban de buena fe, y don Tin tenía mucha voluntad y buena fe.

          Llegó la tarde y don Tin sentíase fatigado, por lo que dispuso finalizar las labores de ese día. El no se ceñía a ningún horario. ¿Por qué ser esclavo del tiempo? Se decía a sí mismo, el cansancio del cuerpo era la mejor forma de guiarse por las horas, así lo había hecho siempre a lo largo de su vida. Se sentó a la sombra del aguacatal, se quitó el sombrero y se lo colocó en las rodillas. Luego, se quitó tranquilamente unos mozotes que tenía en las mangas del pantalón. Levantó la vista hacia el cielo, esa era su forma de darle gracias a Dios por haberle permitido trabajar otro día más, y seguidamente paseó su mirada por todo el terreno, como supervisando los trabajos del día.

          Los clarineros y los zanates inspeccionaban las ramas del aguacatal. Mientras abajo, don Tin parecía estar meditando en muchas cosas importantes. De pronto, por el excesivo ajetreo de los pájaros, un aguacate verde se desprendió de la rama más alta, y cayendo a gran velocidad fue a estrellarse directamente en la cabeza de don Tin, sacándole bruscamente de sus meditaciones. Después de reponerse del porrazo, don Tin se llevó las manos a la cabeza para amortiguar el dolor del impacto; seguidamente se puso de pie y blasfemando mil barbaridades contra aquel aguacate, inició el camino de regreso a su casa.



Sanarate, Nov. de 1985.

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