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Alberto Herrera
Experto en Informática Entrevista en Prensa Libre
Crónica de una Muerte Anunciada II Interview

Crónica de una Muerte Anunciada II
El día que supo que tenía cáncer linfático, Gabriel García Márquez se despertó como de costumbre, muy de mañana, y como siempre salió de la cama con el pie derecho… No que él creyera en esas cosas, pero como decía él: Quién quita…

Se desayunó, y antes de las 8 estaba ya en camino hacia la Clínica Santa Eduviges, cerca de Montserrat, en el centro de Santa Fe de Bogotá.

Últimamente se había estado sintiendo mal: malhumorado, malgeniado… Se puso a inventar palabras como lo hacía él: malestareado, malesteriado, mal… mientras se acercaba al espejo y se examinaba la piel de la cara que se le estaba poniendo amarilla, amarilla, amarilla. Le estaban saliendo manchas.

Le queda poco tiempo de vida le dijo sin rodeos la Dra. María Angélica Ballesteros. Gabo no se inmutó. Ya se lo imaginaba. Bueno, dijo, lo único que pido es que cuando me llegue la hora de morir no me mantengan vivo artificialmente. Yo ya viví, y viví bien, ahora déjenme morir tranquilo, en forma natural, así como moría uno hace cien años allá en Riohacha…

Cien años… Cien Años de Soledad se le volvieron una eternidad. Le cambió la perspectiva. Los años se le hicieron siglos, los meses años, los días meses, los momentos días. Que haré con este tiempo de vida que me queda? Se preguntó valorando sus palabras…
“Qué haré sin tu recuerdo,
sin tus ojos oscuros que no son de la noche,
sin tu voz que empuja nubes claras en las tardes de estío?”
Se imaginó le susurraba en un llanto su mujer.

Ni quiero que me mantengan vivo artificialmente ni que se me pongan a llorar. Ni tampoco quiero que vean como me voy demacrando, deteriorando, deformando… Se puso a escoger palabras como lo hacía él: desfigurando, deshaciendo, desmoronando, des… Yo, el guapo Gabo, reducido, amarrado a una cama, adolorido, dando gritos… que todo el mundo venga y vea cómo me voy muriendo y se ponga a llorar… nó, qué vá.

Un buen día, cuando ya el cáncer haya avanzado tanto que lo único que viene después es sólo dolor para todo el mundo, voy a pedirle a la Dra. Ballesteros que me duerma… para no despertar.

La noche antes voy a celebrar con una gran parranda. Voy a imaginarme que soy joven otra vez. Voy a imaginarme que estoy sano. Voy a imaginarme lo que me quiera imaginar. Voy a imaginarme que no me voy a morir nunca. Voy a contar cuentos. Voy a invitar a mis familiares y a amigos de toda la vida… que vengan todos no importa que tan lejos estén, de todos los rincones de la tierra, de las cuatro esquinas del mundo. Luego, para cerrar la noche, me voy a acostar con mi mujer, le voy a decir que me voy de viaje, y le voy a cantar aquellas canciones que oía en mi juventud:
“Bésame, bésame mucho,
como si fuera esta noche la última vez…

Piensa que talvez mañana yo ya estaré lejos, muy lejos de ti…”
“Nos tenemos que decir adiós,
porque esta vez será nuestra última noche de amor…

Nos tenemos que decir adiós,
porque quizás jamás en la vida te vuelva a encontrar…

Capullito de rosa que tienes para mí,
corazoncito mío… Yo tengo que partir…”

“Reloj detén tu camino, haz esta noche perpetua…”
Al otro día, muy de mañana, me voy caminando hasta la clínica de la Dra. Ballesteros, saboreando cada paso, cada ruido, el movimiento de los carros… las caras los niños, el quehacer de los que se quedan... Si la Dra. Ballesteros me sale con el rollo ese de que la eutanasia es ilegal, yo mismo me pego un tiro.

Semanas después en los periódicos de todo el mundo salió la siguiente noticia en español, inglés, francés, italiano, portugués, ruso, árabe, hindú, japonés, chino…

“Anoche se celebró en la casa de Gabriel García Márquez su fiesta de despedida de la vida. En la foto se le ve al lado de familiares y cientos de amigos que llegaron a darle un último abrazo provenientes de Norte, Centro y Suramérica, El Caribe, Europa, Africa, Asia y Oceanía… La gente ocupó toda la casa y se rebalsó hacia la calle. El Alcalde mandó a poner altoparlantes para que se oyeran varias cuadras a la redonda, la música, la algarabía de los concurrentes y los cuentos que Gabo inventaba en el aire. La foto en primer plano muestra a Gabo sonriente, bien vestido, en una pieza, guapo, entero y cabal, que es como él pidió que lo recordáramos. No nos queda mas que decirte, gracias, Gabo, por tus cuentos, tus novelas, tus palabras… por los mundos en que nos hiciste vivir. Muere tranquilo.”

Noticia de última hora: La policía busca a la Dra. María Angélica Ballesteros, acusada de eutanasia en primer grado en la persona del escritor Gabriel García Márquez, premio Nóbel de Literatura, a quien se le había diagnosticado cáncer linfático, y a quien encontraron bien vestido pero sin vida, tendido en una de las butacas de la clínica Santa Eduviges como si nada, acostado de medio lado y con una sonrisa de quién sabe qué eternos sueños bajo la música de las cuatro estaciones de Vivaldi. Se presume que la Dra. Ballesteros se escapó en dirección a La Guajira buscando refugio en Venezuela. Pero en su fuga no deja rastro. Todo el mundo la esconde. Todo el mundo la apoya. No la van a agarrar nunca…



Nota del autor: El poema “Qué haré sin tu recuerdo, sin tus ojos oscuros que no son de la noche, sin tu voz que empuja nubes claras en las tardes de estío?” lo leí hace muchos años en una publicación de carácter literario que sacaba la UCV (Universidad Central de Venezuela). No recuerdo el nombre del autor. El poema me llamó la atención y se me grabó porque al principio no lo entendí. Qué haré sin tus ojos o sin tu voz estaba claro para mí: La persona no está, uno no la vé y le hace falta… Pero qué haré sin tu recuerdo es al revés… es a uno al que no lo recuerdan… Pero cómo puede saber uno que no lo recuerdan? Cómo puede estar uno seguro? La única manera es que la persona muera… deduje yo… Y la expresión en presente “tu voz que empuja nubes claras en las tardes de estío” quiere decir que la persona todavía esta viva cuando se lo dicen…

Durante todos estos años nunca se me presentó una oportunidad en la que este poema pudiera decírsele a alguien, con propiedad. Estaba guardado para la mujer de Gabriel García Márquez, quien puede decírselo ahora que él está todavía vivo… con una muerte anunciada.

Yo no conozco personalmente a Gabo, y no sé de qué color son sus ojos. De manera que la “doña” bien le puede decir: “Sin tus ojos oscuros, claros, marrones, azules, celestes o grises… que no son de la noche”. Y si bien es cierto que ojos marrones o azules no encajan tan bien como oscuros con la noche… bueno, eso ya es irrelevante… diría yo.

Algo más, los nombres “Clínica Santa Eduviges” y Dra. “María Angélica Ballesteros” son totalmente imaginarios. Cualquier coincidencia con la realidad es solamente eso: pura coincidencia.

Y... este escrito debe tomarse únicamente por lo que es: un cuento, con algo de realidad y un poco de fantasía; no es una crónica periodística. No propone ninguna posición sobre la eutanasia, de ningún tipo.

Voy a terminar este escrito repitiendo el primer párrafo de Crónica de Una Muerte Anunciada I (por decir así), en memoria a su autor:


“El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una lluvia tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. “Siempre soñaba con árboles”, me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato…”


Alberto Herrera-Guzmán
Nueva York, 11 de abril del 2,004. Domingo de Resurrección.

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